Tu álgido cuerpo yace sobre el tormento de mi alma, tu dulces palabras ya no son más que obscuros pesares, por qué he de ser yo quien haya puesto fin a tu radiante esplendor, por qué he de ser yo quien destrozara tu juvenil ilusión, acaso me odiaras por eso, y si lo haces toda la razón la tendrías, y cómo no detestarme, cómo no aborrecer a esta pobre criatura que por intentar amar te causo tanto dolor, el perdón no sería suficiente para pagar mis males, yo mismo no soy capaz de perdonarme, el saber que he sido la causa y el causante de vuestra desgracia me hace repudiar a mi propio ser, si en mi potestad una decisión debiera ser tomada, solo la pena de muerte lograría satisfacer mi deseo de redimirme ante la culpa del dolor, tu dolor, el cual me adjudico sin que alguien pueda refutarme, porque de no ser por mí, tu risueño rostro no hubiese transmutado en ese luctuoso semblante, que abate mi alma como un fiero ejercitó, destruyendo cualquier sentimiento de dicha al tiempo que arropa mi corazón con la angustia, pero así fue como la perversidad del destino guio nuestros fines, tan separados entre nosotros, pero tan unidos por este lóbrego sentimiento, pero así fue como la perversidad del destino decidió que debía ser, y solo él sabrá el porqué de tanto dolor y desasosiego fuero causados a dos seres cuyo único mal fue amarse sin medidas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario